Hace casi 60 años, en plena Guerra Fría, Estados Unidos y la entonces Unión Soviética firmaron el Tratado del Espacio Exterior de 1967, un acuerdo internacional que establece que ningún país puede reclamar la Luna, los planetas o cualquier otro cuerpo celeste como territorio propio. La idea era evitar que la carrera espacial se convirtiera en una nueva guerra por recursos, como había pasado antes con colonias en la Tierra.
Sin embargo, medio siglo después, ese principio enfrenta una prueba inédita. Según reporta The New York Times, tanto potencias mundiales como empresarios multimillonarios interesados en la exploración espacial ven en la Luna una fuente potencial de enormes ganancias, ya sea por minerales, posiciones estratégicas o futuras bases permanentes. El problema es que el tratado original no contempló con detalle qué pasa cuando actores privados, y no solo gobiernos, quieren instalarse y operar en suelo lunar.
Esto abre un vacío legal interesante: si nadie puede ‘ser dueño’ de la Luna, ¿quién decide quién puede construir ahí, extraer recursos o incluso cobrar por el acceso a ciertas zonas? La nota original profundiza en cómo distintos países y compañías privadas están interpretando —y a veces estirando— las reglas de un tratado pensado para una época muy distinta a la actual carrera espacial comercial.
Si te interesa entender cómo se está redefiniendo la propiedad en el espacio, vale la pena leer la nota completa en The New York Times.
Fuente: Who Owns the Moon? (rss.nytimes.com).
Imagen: NASA Goddard Photo and Video, BY 2.0 (vía Openverse).
