Durante décadas, la teoría dominante sobre por qué los humanos podemos correr distancias larguísimas, nadar por horas o sumergirnos decenas de metros con una sola bocanada de aire se centraba exclusivamente en la vida en tierra: nuestros ancestros habrían desarrollado esa resistencia persiguiendo presas en la sabana africana. Ahora, dos investigadoras proponen una hipótesis distinta que está causando revuelo entre los especialistas en evolución humana.
Josephine Joordens, antropóloga evolutiva y bióloga marina de formación, y Erika Schagatay, fisióloga y buceadora libre de la Universidad de Mid-Sweden, en Suecia, plantean lo que llaman la hipótesis “primero bucear, después correr”. Según publicaron el 17 de septiembre en la revista PaleoAnthropology, algunas especies del género Homo habrían buceado de forma repetida en aguas poco profundas hace entre 2 y 3 millones de años, de manera parecida a como lo hacen hoy comunidades como los Sama-Bajau en el sureste asiático, quienes pasan hasta seis horas diarias sumergiéndose varios metros para pescar.
Esta práctica, explican las investigadoras, habría impulsado el desarrollo de bazos más grandes, mayor capacidad respiratoria y cardiovascular, huesos más pesados para facilitar la inmersión y narices orientadas hacia abajo para evitar que entrara agua. Con el tiempo, esas adaptaciones se habrían transmitido a poblaciones con huesos más ligeros y estilo de vida terrestre, sentando las bases de la resistencia que hoy nos permite correr maratones.
La propuesta no es un regreso a la controvertida “hipótesis del simio acuático” de 1960, aclaran las autoras, sino una pieza adicional en un proceso evolutivo mucho más complejo. Te invitamos a leer la nota completa en Science News para conocer todos los detalles de esta teoría.
Fuente: A duo goes against the tide to explain an origin of human endurance (Science News).
Imagen: Richard Warren Lipack.
