La noche del 14 al 15 de abril de 1912, cuando el Titanic se hundió, el barco estaba rodeado de icebergs gigantescos y campos de hielo que se extendían por kilómetros. Sobrevivientes y tripulación de los barcos de rescate, como el Carpathia, reportaron haber contado decenas de icebergs de entre 45 y 60 metros de altura (150 a 200 pies) esparcidos por todos lados.
El origen de tanto hielo era la Corriente de Labrador, una masa de agua helada que baja desde el Ártico y que esa temporada se topó de frente con la cálida Corriente del Golfo, la cual normalmente mantiene esa zona del Atlántico a unos 12 grados centígrados. El choque entre ambas corrientes creó una frontera de temperatura muy marcada: el agua podía pasar de 2 a 13 grados centígrados (36 a 56 grados Fahrenheit) en apenas 800 metros, según registros de barcos que recuperaron cuerpos tras la tragedia.
Este contraste generó lo que se conoce como una inversión térmica: una capa de aire helado pegada al mar, cubierta por una capa de aire mucho más cálido arriba. El segundo oficial del Titanic, Charles Lightoller, documentó caídas de hasta 10 grados en apenas dos horas antes del choque. Testigos desde los botes salvavidas notaron que el humo del barco hundiéndose subía en columna y luego se aplanaba de golpe, como un hongo, justo al chocar con esa capa de aire caliente.
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Fuente: The Hidden Cause of the Titanic Disaster: Thermal Inversion and the Titanic (historyhit.com).
Imagen: NOAA's National Ocean Service, BY 2.0 (vía Openverse).
