Durante buena parte del siglo XIX, el río Támesis fue el corazón comercial de Londres, pero también el basurero de la ciudad: fábricas, rastros y casas enteras tiraban ahí sus desechos. Para colmo, de ese mismo río se obtenía el agua potable, lo que provocó varias epidemias de cólera entre 1832 y 1854. Cuando la población superó los 2.5 millones de habitantes hacia 1850, el problema se salió de control, agravado por la llegada de los inodoros con descarga de agua, que mandaban aún más aguas negras al río.
Científicos como Michael Faraday ya habían advertido que bastaría un verano muy caluroso para que Londres sufriera las consecuencias de tanta negligencia. Y así fue: en 1858, con temperaturas arriba de los 30°C (86°F), el nivel del río bajó y dejó la suciedad cocinándose bajo el sol. El hedor se volvió insoportable para toda la ciudad, al grado de que la propia reina Victoria intentó pasear en bote por el río armada con un ramo de flores para taparse la nariz, pero tuvo que regresar a tierra a los pocos minutos.
El Parlamento, ubicado justo a la orilla del Támesis, sufrió tanto el tufo que se planteó mudarse a Oxford. Sin embargo, cuando el problema los tocó de cerca, los políticos actuaron rápido: en solo 18 días aprobaron una millonaria inversión para resolver lo que Benjamin Disraeli describió como un auténtico pozo infernal.
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Fuente: Victorian London's poop explosion: why even Queen Victoria couldn't escape the stench (HistoryExtra).
Imagen: pingnews.com, PDM 1.0 (vía Openverse).
