Pensilvania se ha convertido en el escenario de un conflicto que probablemente veremos repetirse en más lugares de Estados Unidos y del mundo: el que enfrenta la promesa de nuevos empleos gracias al auge de la inteligencia artificial con las preocupaciones legítimas sobre el impacto ambiental que trae consigo la infraestructura necesaria para sostener esta tecnología.
Los centros de datos, esas gigantescas instalaciones llenas de servidores que procesan y almacenan la información que hace posible el funcionamiento de la IA, requieren cantidades enormes de electricidad y agua para operar y mantenerse frescos. Por eso, cada vez que se anuncia la construcción de uno nuevo, surgen dos narrativas opuestas: por un lado, autoridades y empresas destacan la derrama económica y la creación de empleos; por el otro, comunidades y grupos ambientalistas alzan la voz por el posible aumento en el consumo energético, las emisiones asociadas y la presión sobre los recursos hídricos locales.
Este tipo de tensiones no son exclusivas de Pensilvania. A medida que la carrera por dominar la inteligencia artificial se intensifica en Estados Unidos y otras potencias tecnológicas, es probable que más comunidades tengan que sopesar los beneficios económicos contra los costos ambientales de alojar esta infraestructura digital.
Te invitamos a leer la nota original de The New York Times para conocer con más detalle cómo se está desarrollando esta disputa en Pensilvania.
Fuente original
rss.nytimes.com
Leer la nota original: A Data Center Backlash
Versión en español elaborada con asistencia de IA.
Imagen: NASA Goddard Photo and Video, BY 2.0 (vía Openverse).
