El canibalismo es de esos temas que nos revuelven el estómago nada más de pensarlos, casi como si violara algo sagrado de nuestra naturaleza. Sin embargo, la historia y la arqueología muestran que comer carne humana ha sido una práctica más recurrente de lo que quisiéramos aceptar, ya sea por desesperación extrema, por creencias religiosas o incluso como estrategia de poder.
En el mundo animal existen más de 1,500 especies que practican el canibalismo, muchas veces en ambientes con pocos recursos y no necesariamente por hambrunas. Algo similar podría haber ocurrido entre los neandertales: huesos partidos y con marcas de dientes sugieren que extraían médula y carne de otros miembros de su especie para sobrevivir.
Durante la Edad Media y el Renacimiento europeo, el canibalismo tomó una forma distinta: la medicinal. Se vendían partes del cuerpo humano como remedios contra enfermedades. Se decía que los romanos bebían sangre de gladiadores para curar la epilepsia, y que el papa Inocencio VIII intentó alargar su vida bebiendo sangre de tres jóvenes sanos, sin éxito. Estas prácticas terminaron con la llegada de la Ilustración y el pensamiento científico.
También hubo casos ligados al poder y al ritual: soldados europeos en las Cruzadas, pueblos de Oceanía que castigaban a foráneos, o los aztecas, quienes veían en el consumo de carne humana una forma de comunicarse con sus dioses.
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Imagen: quinet, BY 2.0 (vía Openverse).
